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Cinemática

Sospecho que a Ballard, en el fondo, los coches no le hacían mucha gracia. No, no fue Ballard. Era demasiado joven y nunca me aficioné lo suficiente a la lectura. Fueron las películas. La saga de Herbie, un Wolkswagen escarabajo con la personalidad de un crío de cuatro años. Las más hollywoodienses: La Carrera del Siglo, El Mundo Está Loco, Loco, Loco y La Huida. Bullitt, Deprisa Deprisa y, sobre todo, La Carrera de la Muerte del Año 2000 me cambiaron la vida.

A los seis o siete años mis intereses se reducían a dibujar accidentes en los márgenes de los libros del colegio y a colarme en las sesiones continuas del barrio. Modelos en cinemascope: Ford Mustang, Pontiac Trans Am, Gran Torino (el de Starsky y Hutch y, luego, de Walt Kowalski), Chevrolet Camaro-Burt Reynolds, Aston Martin-James Bond. Modelos cotidianos, de andar por casa: 1430 motor 1600 (la loca), el preferido del vaquilla y el torete, 124 turbo con llantas de aluminio, Renault Gordini (el coche de las viudas): motor trasero, las rachas de viento levantaban el morro, volante en suspenso, los barrancos estaban llenos de carrocerías aplastadas, Seat 1500 (la carraca), Dodge Dart, adiós Carrero Blanco. La mía fue una generación Ford Capri, entre otros; cuando el arranque transmitía energía a las válvulas y éstas a los pistones, el suelo de adoquines temblaba; mejor que el sound surround.

Coleccionaba fotografías de revistas del automóvil. En El Rastro las vendían al peso. Me entusiasmaban los prototipos con sus diseños futuristas y sus cuadros de mandos llenos de pilotos de colores. Las recortaba con las tijeras de las uñas y las pegaba en cuadernos, que todavía conservo. Al pie de cada foto, una lista de características: Potencia, cilindrada, aceleración de 0 a 100, cubicaje, etc.

Los dibujos dieron paso a las representaciones con juguetes de mis escenas favoritas, que llevaba a cabo aprovechando las ausencias cada vez más frecuentes de mis padres conforme crecía. Siniestros en los que los supervivientes, de haberlos, salían muy, pero que muy maltrechos.

En una ocasión, metí dos clicks en la maqueta de un Porsche 917 Le Mans, la rocié con alcohol del botiquín, un armarito con puertas espejadas sobre el lavabo del servicio ─no estoy seguro, pero creo que tuve que subirme a una banqueta para alcanzar el frasco─ y rasqué una cerilla. El olor del plástico quemado, del pegamento derritiéndose. Las burbujas en la pintura de los muñecos, los tonos pasteles virando al amarillo, al gris, al marrón oscuro. Las llamas estuvieron a punto de pasar a las cortinas de la bañera.

Bencina en la pista del scalextric, indios sin brazos, vaqueros sin piernas, la barriguitas de una vecina, decapitada tras múltiples atropellos, un Opel Manta en miniatura, puertas y capota negras, resto azul, volando desde el balcón. Recuerdo las anécdotas, cortometrajes en mi cabeza.

Continuará…

César Sánchez

Autor de “De Vicio”

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