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Cinemática V César Sánchez

Cinemática V

En el capítulo anterior, a propósito de Locke:

Vegetación: no comparece ni se la espera.

Una experiencia mesmérica.

Entradilla, títulos de crédito, sintonía. Dentro.

Obras que engullí a lo largo de los años, bien en sesiones dobles o triples en las que se podía fumar (porros también siempre que le pasaras una china al proyeccionista), en cines contiguos a discotecas ─las ondas rítmicas azotaban las paredes alterando el destino de los personajes, la percepción del público del último pase─, y, luego, en multisalas de centros comerciales donde no es difícil asumir el papel de cobaya; bien en vídeo o en dvd, cuando los citados electrodomésticos se volvieron tan imprescindibles en las casas como la lavadora o el secador de pelo:

Herbie, torero (Vincent Mc Eveety, seguro que es un alias, 1980), adaptación impagable del grotesco título original: Herbie Goes Bananas. La carrera del siglo (Blake Edwards, 1965). El mundo está loco, loco, loco (Stanley Kramer, 1963). Cannonball (1976) y La carrera de la muerte del año 2000 (1975), ambas del genial Paul Bartel y protagonizadas por David Carradine (al parecer hallaron su cadáver en una habitación de hotel, la cabeza ceñida por una bolsa de plástico, el nudo de la cinta de seda apretado contra la nuez de Adán; Eros y cianosis, autoasfixia y orgasmo, lo que se dice un verdadero mito de Hollywood). La huida (Sam Peckinpah, 1972). La escena de la gallina de Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955).

Convoy (Peckinpah de nuevo, 1978), El salario del miedo (H. G. Clouzot, 1953), Maximum Overdrive (el único largo de Stephen King como director, en el que, además, hace un cameo: ‹‹Oye, esta máquina me está llamando gilipollas››, 1986), Duel-El diablo sobre ruedas (Steven Spielberg, Richard Matheson de copiloto, ahí queda eso, 1971), Breakdown (Jonathan Mostow, 1997) y Space Truckers (Stuart Gordon, 1996), subgénero de camiones, cuanto mayor el vehículo menor el tamaño de la virilidad, eso se comenta.

Grand Prix (John Frankenheimer, 1966), cuyo reparto, como el de El salario del miedo, contaba con el gran Ives Montand, Le Mans (Lee H. Katzin, 1971), Fast Company (David Cronenberg, 1979), Rush (Ron Howard, 2013) y Días de trueno (Tony Scott, 1990); subgénero de circuitos profesionales.

Los caraduras (Hal Needham, 1977, encabezada por controvertido Burt Reynolds, ídolo para muchos, pelmazo para otros, grasiento para todos) y su secuela. Bullit (Peter Yates, 1968), con Steve Mc Queen, un habitual de los mitones, a los mandos de su Ford Mustang GT-390, que vuela sobre el asfalto de Frisco, esa capital imposible, ciudad como excusa de un puente, la Contantinopla norteamericana. Las postapocalípticas Mad Max I, II, III y Mad Max: Furia en la carretera, ¡Immortan Joe, Immortan Joe!, la mejor de la saga, sin duda (George Miller, 1979, 1981, 1985 y 2015, respectivamente). The Blues Brothers (John Landis, 1980), olvidaos de la terapia, del couching, de las drogas legales o ilegales, del budismo, del spinning, del senderismo; recogiendo el espíritu de Elwood Blues, al que da vida Dan Aykroyd, si tenéis el depósito lleno, medio paquete de cigarrillos y, sobre todo, lleváis unas Ray Ban encima, no necesitáis más para merendaros el mundo.

Los refritos italianos de Mad Max, The Night of the Living Death (George A. Romero, 1968), The Warriors (Walter Hill, 1979) y Escape From New York (John Carpenter, 1981): The Exterminators of the Year 3000 (Guliano Carmineo, 1983), I guerrieri del Bronx y Fuga del Bronx (Enzo G. Castellari, 1982 y 1983). La escapada (Dino Risi, 1962), come discos en el salpicadero, obra maestra.

Las ibéricas Deprisa, deprisa (Carlos Saura, 1981), Perros callejeros (José Antonio de la Loma, 1977), Yo, el Vaquilla (José Antonio de la Loma, 1985) y Matar al Nani (Roberto Bodegas, 1988); como otras que he mencionado, no son estrictamente películas de coches, pero no puedo evitar incluirlas; ¡viva el cine quinqui!

Christine (John Carpenter, 1983), Death Proff (Quentin Tarantino, 2007), homenaje sublime, Autopista al infierno (Ate de Jong, 1991), literal, Carretera al infierno (Robert Harmon, 1986) y Hidden (Jack Sholder, 1987; así como en La invasión de los ultracuerpos la ausencia de emociones era la seña de identidad de los alienígenas, en Lo oculto, consistía en una afición desmedida por los biplazas de alta cilindrada); levas y cigüeñales al servicio del terror.

Driver (Walter Hill, 1978), Drive (Nicolas Winding Refn, 2011), Blue Ruin (Jeremy Saulnier, 2013) y, claro, Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976); conductores que se sumergen en la pesadilla de la ciudad a medianoche.

Carretera perdida (David Lynch, 1997), no quiero estar aquí, quiero estar allí, formar parte de la ficción en vhs, no formar parte de ella, desmontar cuadros de mandos, respirar emanaciones de escape en vez de soplar un saxo tenor. No quiero querer estar en ninguna parte, soy ubicuo por necesidad. La carretera, agujero de gusano, portal de acceso a los universos posibles.

Lynch nació de los residuos de las factorías de Filadelfia, de los pesticidas que cubren las plantaciones de maíz transgénico de Carolina del Norte, de las nubes que sazonan el firmamento del Medio Oeste como algodón de azúcar; no se puede ser más americano. No me extrañaría que se sintiera cómodo con un personaje como Donald Trump dirigiendo su país. Estados Unidos, una de las pocas sociedades avanzadas que todavía alumbran santos y monstruos.

2012: Cosmópolis (Cronenberg again and again and again and again) y Holy Motors (Leos Carax), limusina: ermita de ermitaño de Wall Street, en la primera, método de transporte de demiurgo transformista, en la segunda.

De Herbie a Cars (John Lasseter, 2006), Disney, Nascar y animación infográfica.

The Fast and the Furious I, II, III, etc: de las avenidas y colinas de San Andreas al objetivo de la cámara digital. No las he prestado demasiada atención, aunque entiendo el entusiasmo de los seguidores; el motor debe continuar rugiendo.

Y más, muchas más.

Continuará…

César Sánchez

Autor de “De Vicio”

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