Manual de jardinería (para gente sin jardín) | Daniel Monedero

10 Prólogo a un matadero de vacas. Ahí abajo está jugando Daniel con sus ganchos y sus sierras circulares. Le hago mi primer encargo: tacha estas palabras a tu modo, yo ya no me fío de mí mismo. Supongo que él escribiría: El nudo azul de la corbata de un hombre muerto, que deshacen sus hijos para hacérsela bien; papá, te mueres y te sigues haciendo penosamente la corbata. El punto de giro que hace el río Missisipi para mirar a una mujer que está tendiendo ropa en las orillas. El clímax de una canica que por accidente se traga un niño rubio; un sueño imposible, ser tragada por un niño, y un desenlace fatal. A un libro desbordante de hallazgos se le combate —por envidia sincera— con otra frase que atempere lo que no es más que un deseo inútil, ese que trata de alcanzar lo que el propio texto ha escamoteado: un veredicto, un refugio frente a la intemperie. «Vivimos al borde del milagro para nada». La cita esmía. El acierto de la frase, de los cientos de frases maravillosas —las pueden contar— de Manual de jardinería , es solo de Daniel. Porque el libro vive al borde del milagro. Los cuentos lloran a lágrima viva. Brotanuno tras otro, enfadados, con las espinas de la incorrección, como si su autor partiera amartillazos las vigas de un palacio repleto de mansedumbre y buenas prácticas narrativas (suponemos que se le debe al lector), y en ese fragor oscuro de polvo y tabiques reventados, inaugurara una habitación secreta, sólo para nosotros, y nos dijera:

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