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un reloj, la corteza de un árbol, la manos de los abuelos, la textura del tiempo

Las texturas en los tiempos del reloj

Autora: Mercedes Adán

            No sé si te ha pasado alguna vez algo parecido a lo que me ocurrió en una celebración con amigos. Nos juntamos, encendimos un fuego y entre risas alguien se puso a cantar. Y ocurrió una especie de fusión mágica entre la persona y la canción que sonó como un sortilegio. Nos quedamos en silencio, embelesados, hipnotizados por la atmósfera. En ese momento sentí congelarse del tiempo. Terminó la canción y seguía apreciando sutilmente cada cosa que pasaba. Nadie se atrevía a romper el espíritu de la música que había quedado flotando, posado en las estelas que brillaban en los rayos de luz. La chimenea seguía lanzando chasquidos. Estuvimos un tiempo, que no sé determinar, mudos y quietos, en un momento mágico que no queríamos romper. Una atmósfera como si te hubieras trasladado a otra dimensión (como esas nieblas que dicen que cuando se disipan te han llevado a otro país).

A veces nos encontramos en tiempos raros. Tiempos de duración extrañamente diferentes para ser todos tiempos del reloj.

A veces nos encontramos en tiempos raros. Tiempos de duración extrañamente diferentes para ser todos tiempos del reloj. El de la escuela, el del trayecto a fichar, el del instante en el que crees que se ha perdido tu hijo, el de sostener la mano de una persona querida enferma, el de las tardes de calor de verano.

Y luego hay tiempos como hechos de otra materia. Parece más luminoso el de los sueños que el de los recuerdos. Cómo si el de los sueños sirviera para construir y el de los recuerdos estuviera gastado. No creo que sea así. El tiempo de los sueños es nebuloso, incierto y algo mentiroso. Nos hace creer cosas que solo existen y tal vez solo existirán en él. Aunque, lo confieso, a mí me encanta. Lo bien que sienta dejarse llevar por esa aventura del sueño que no tiene imperfecciones y que está tan unida al deseo.

El tiempo de los sueños parece que sirviera para construir y el de los recuerdo estuviera gastado. Sin embargo, el tiempo del recuerdo tiene una textura conocida y familiar.

Pero el tiempo del recuerdo me gusta aún más, tiene una textura conocida y familiar. Me cuesta explicar lo nítido que veo el dormitorio de mis padres desde el banquito donde mi madre me sentaba para tener las charlas importantes. Estaba forrado de tela verde y frente a una ventana con cortinas gruesas de dibujos geométricos, muy años setenta. Me gustaría saber de telas y formas para explicar con precisión cada detalle, pues mientras mi madre doblaba ropa o hacía las camas, yo seguía las explicaciones importantes de mi vida, con la distracción con la que queremos quitar importancia a lo que nos avergüenza o no sabemos como asimilar.

Lo mismo que veo nítidos los detalles revivo en ellos a las personas. Los recuerdos nos unen de una manera muy especial, aunque no los podamos elegir, aunque esas personas no los compartan o ya no estén, incluso aunque no sean del todo reales. Recuerdo ir a casa de mis abuelos hundiendo las botas en la nieve y teniendo cuidado de no resbalar, y al llegar sentarme y taparme con las faldas de la camilla donde estaba el brasero. Y cómo mi abuela me enseñaba a hacer punto mientras olía a puré de patatas con salchichas recién sacado del horno. Los recuerdos con los abuelos suelen tener algo muy especial. Una atmósfera cálida, calmada, de risas y muy amorosa. No me importa mucho que no ocurriera exactamente así porque mi sensación sí fue esa. Un tiempo mezcla de calma y calor.

Los recuerdos con los abuelos suelen tener algo muy especial. Una atmósfera cálida, calmada, de risas y muy amorosa. Un tiempo mezcla de calma y calor.

Estos días me asomo a la ventana y veo la calle vacía. No se que sensación temporal me llega. Solo siento confusión. No me parece que el tiempo esté pasando rápido ni lento. Amanece, la sombra que da siempre sobre mi casa tiene a ratos más luz y finalmente el sol se pone en cielos de fotografía.

Las casas están habitadas por el misterio. Alguien se asoma con mascarilla y no sabes por qué. Unos niños pintan en una terraza, gritan y ríen, ajenos al silencio del resto de la ciudad. Alguna mujer mayor se asoma sola al balcón. Me pregunto que piensan los mayores solos todo el día en sus casas. Me pregunto que piensan los ancianos enfermos en los hospitales.

El tiempo es el mismo de siempre, el del reloj se ha vuelto extraño.

Me doy cuenta que el tiempo de la naturaleza, el de los sueños y el de los recuerdos es el mismo de siempre. El del reloj es el que se ha vuelto extraño. Las estaciones y los días pasan igual que antes pero los ciervos pasean bajo el acueducto de Segovia y los patos del Retiro están parados sobre el asfalto de las avenidas de Madrid. Y no hay prisa si no te da tiempo a hacer algo hoy, porque mañana el tiempo será el mismo y podrás seguir.

Y también hay momentos que el tiempo es tan intenso como cuando escuché esa canción de la que te hablaba antes. Cuando me entero de que un amigo está en la UCI y siento el miedo como un agujero negro en el pecho, cuando suena una sirena en la calle y sientes la velocidad con la que se aleja, cuando puedes ver en una pantalla a tus amigos y te enseñan una tripa de cuatro meses, cuando te da la risa incontenible por una cosa tonta, cuando una niña te lanza besos desde la terraza de enfrente, cuando bajo una ducha caliente escuchas cantar a Aute que quiere saber que no todo fue naufragar por haber creído que amar era el verbo más bello.

 

Y tú, ¿de qué texturas es ahora tu tiempo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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1 comentario en «Las texturas en los tiempos del reloj»

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