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Vista frontal del Taj-Mahal en agosto

 Taj-Mahal en agosto

 

Autora: Matilde Tricarico

Agra, nuestro próximo destino estaba a doscientos kilómetros que serían más o menos cuatro horas de viaje. Cuatro horas de viaje en un autobús que me pareció antediluviano. Nos habían dicho que tendría aire acondicionado, al subir vi solo dos ventiladores de techo, era lo único que iba a darnos aire, y el movimiento de nuestros abanicos

Al llegar al aeropuerto de Nueva Delhi recibí de bienvenida la primera bofetada de calor, 45 grados y desde el primer momento el olor a sudor, especies y cacas de las vacas. Estaba agotada pero el olor a caca de vaca me despertó y no me abandonó desde aquel día.  Subimos todos protestando, nos habían dicho que hasta la ciudad de Agra serían cuatro horas de viaje y en estas condiciones sería un infierno. El guía sonreía con sus dientes blanquísimos y decía: «Todo bien, todo bien». Como si fuéramos niños pequeños. Éramos treinta, casi todos conocidos, pero la protesta se calmó al ver el lío que había fuera. Casi me dio miedo. Abrí la cajita roja y me puse debajo de la lengua mi dosis de ansiolítico. Tiempo de acción rápido y duración larga.

Afuera bicicletas que se cruzaban a punto de chocar, coches sin intermitentes que cambiaban de carril en zigzag, ruidos de claxon y mucha gente por la calle, incluso durmiendo en los bordes de la carretera llena de basura.

Me dormí. No sé cómo, cuando me desperté estaba deshaciendo la maleta.

La habitación era preciosa. Enorme, muebles estilo inglés, techos altos y tenía aire acondicionado. Me miré en el espejo y descubrí un collar de flores. ¿Cuándo me lo habrían colocado? Y en medio de la frente un puntito rojo. Por lo visto era una señal de bienvenida y con las manos en posición de rezo nos dijeron: Namasté. Ah sí, y mi amiga Inma se estaba quejando de que le habían estropeado su blusa blanca. Eso me contó Aurora. La miraba y no sabía qué hacía allí conmigo en la habitación, tumbada en la otra cama. Ella estaba fresca, descansada, contenta. También le resulté extraña yo, lo vi en sus ojos, una duda que me hizo pensar.

Me prometí a mí misma no tomar más ansiolíticos.

Si estaba en la India tenía que enterarme de algo. Nos bajamos al comedor, allí en una mesa redonda mis amigos me contaron que había acertado al dormirme.  La vista durante el viaje había sido muy edificante: hombres meando por la carretera, confusión con los coches por quien tenía la precedencia, una vaca que nos había tenido un cuarto de hora parados porque no se movía. Ni el ruido de las bocinas de una cola de coches detrás de nosotros había conseguido moverla o despertarme. Habían hecho apuestas en el autobús a ver quién haría el primer movimiento, si yo o la vaca.

Las vacas son sagradas, si les haces daño te encarcelan sin piedad. Se me estaban quitando las ganas de comer. El Hotel era de lujo y olía a limpio, y la comida india siempre me había gustado. Pollo al curry, tandoori de cordero, masala y un vaso de vino blanco.  Cuando pensaba en una siesta me dijeron que teníamos que volver a salir. Si acabábamos de volver del fuerte de Agra. Algo recordaba. Rojo el exterior y las torres.

Los niños nos perseguían con las postales como mariposas abriendo las alas.

Desde allí se veían el río, el campo y al fondo el mausoleo del Taj Mahal. Puertas que se recorrían redondeadas con encajes en las paredes. Y desde cada ventanal un rincón para un cuadro. El río, el mausoleo y el campo. Bebí un café asqueroso para despertarme y subí a lavarme la cara. Me coloqué una pamela naranja en la cabeza y me embadurné de Relec, el spray antimosquitos. Estaba preparada, o eso creía yo. Al bajar del autobús, todas con nuestras pamelas y los hombres con gorra, no pasábamos de incógnito. Un enjambre de niños y vendedores sin dientes nos rodearon en un segundo con los brazos levantados. ¡Mami, mami, compra, Real Madrid, español!, y así hasta el punto de control. El polvo denso y cálido que levantaban al correr entraba en la boca. Masticábamos polvo dorado.

El control fue extenuante.

Nos escrutaban de arriba abajo como si fuéramos unos ladrones. Al salir a la enorme explanada que precedía al mausoleo otros niños acudieron en masa agarrándonos por la camisa, tirando del bolso, empujando, y en la nariz, postales, collares, parecían mosquitos listos a chuparte la sangre.  ¡Si los habíamos dejado atrás!

Conseguimos ver todo, el verde, las torres minarete, miles de cabezas cubiertas, brazos morenos, excepto el monumento. Una piscina rectangular lo enmarcaba, y a los dos lados unas hileras de cipreses que no daban sombra. Encontré un banco libre y me senté en la esquina, mientras a mi alrededor sombras coloreadas y vociferantes con souvenirs me pisaban los pies. El sombrero naranja de ala ancha no me protegía del calor y la piedra blanca alrededor reverberaba al sol y deslumbraba con la fuerza de una luz violenta, ni siquiera las gafas de sol podían protegerme.  El resto del grupo estaba fascinado con las explicaciones del guía local: cuántos años tardaron en construirlo, 20.000 hombres y 100 elefantes, la mezcla de los estilos. Los sombreros de colores de Inma y Ana asentían. Los demás estaban en círculo petrificados o anulados por el calor. La guía nos contó que el edificio fue construido por el emperador Shajahan en memoria de su bella esposa muerta, Muntaj.

 

Una historia de amor que en otro momento me habría cautivado, pero con el sol cruzando mi cabeza como una espada no me procuró ninguna emoción. Solo veía piedra blanca y olía a sudor y a especias. Los niños nos perseguían con las postales como mariposas abriendo las alas. Me estaba desmayando, licuando, con mi agua se lavarían las cabezas llenas de piojos. Fotos interminables, Inma y Antonio en frente del Mausoleo, Ana y Tomás, Ana, Tomás, las imágenes se sobreponían y sus hijos, nosotras, Aurora, Carmen, Tere, Marina, ponte aquí, no, tú sombrero me tapa. Cómo podían tener tanta energía cuando mis ojos solo buscaban sombra de verdad. No tenía que haber venido sola, me sentía frágil.  Nuestro guía nos enseñó el banco ideal para las fotos y nos contó que era el mismo sitio en el que se hicieron las fotos Lady Di con el Taj- Mahal de fondo, y unos años después Eva Sannum con el príncipe Felipe.

Él los había acompañado en su peregrinaje de amor sin imaginarse que iba a ser tan efímero como nuestra visita.  Fue lo único que nos contó, pronto desapareció. Soñaba una cama con un colchón de hielo, me daba igual el Taj—Mahal y su historia, estaba tan infeliz como el emperador que había mandado construir el mausoleo. Ni siquiera el mármol estaba frío. Eso sí, los dibujos y las joyas de la fachada eran impresionantes, dibujos delicados, flores de piedra encastradas que resaltaban con la luz.  Cristales finos, mármol y nácar, o eso me parecía.  El zumbido de los niños abeja me torturaba el pabellón auricular, y los mosquitos que estaban disfrutando con mi brazo a pesar del Relec eran una mala señal. Había deseado durante tantos años conocer el Taj- Mahal y ahora que lo tenía en frente no era capaz de sentir su belleza.

Los que organizan los viajes tendrían que pensar que unos ojos cansados no ven nada. Mejor un día más que un viaje a toque de trompeta.

Los que organizan los viajes tendrían que pensar que unos ojos cansados no ven nada. Mejor un día más que un viaje a toque de trompeta. A la vuelta nos duchamos, pero el olor no se iba. Durante la cena, Tomás comentó algo de una piscina. Subimos con energía renovadas a por el bañador y nos tiramos al agua olvidándonos del polvo que se había pegado a la ropa, de los olores a amoníaco, del cansancio. El agua nos purificó y arrastró por el desagüe nuestro cansancio.  No me iba a mover de allí, y que me recogieran a la vuelta. Eso era lo que les iba a proponer.

 

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